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Arquitecto de manos muertas Dr Ruiz PDF Imprimir E-Mail
Ernesto Ruiz no sería quien es si no fuese porque de pequeño por poco pierde un ojo mientras jugaba. Entonces decidió que quería ser médico.

En la sala pequeña de esta clínica con olor a “Byclean”, con apariencia más de escuela primaria por esas sillas alineadas en una sala adjunta y por una niña -de seis- que juega con su madre a las adivinanzas, un día de junio de 2006 llegó un hombre al que su brazo se le secaba.

Era como un río convertido de pronto en riachuelo pero lo que se le secaba era la carne. Aquel brazo era un hueso completo, un facsímile de Exqueletor, pero el pellejo estaba allí para demostrar que no se había convertido en calavera. Era el músico Aníbal Ocampo que estaba desde el 27 de noviembre de 2005 en los diarios, luego que cuatro vagos lo dejaron medio muerto después de machetearlo para robarle. Ya había perdido la esperanza. Otro doctor nunca lo pudo operar hasta que un amigo le recomendó a este.

El milagro se fraguó en 15 días desde que lo visitó por primera vez y el autor es un médico que decidió que sería doctor cuando era un niño de nueve. Cuando vivía en Estelí, tenía siete hermanos y sus padres eran profesores activos. Jugaba en una camioneta, dice su madre Josefa Calero, cuando se deslizó de la parte de arriba y al caer se le metió accidentalmente la punta de un rifle de madera que estaba abajo.

La herida fue entre el ojo y el párpado, y movilizó a los padres, hermanos y doctores amigos que nunca cobraron un solo peso.

Desde entonces, quiso retribuir esas acciones y decidió que quería ser médico.

Su padre, Alberto Ruiz, era profesor de biología y tuvo a cargo un laboratorio lleno de animales reproduciéndose y de otros disecados.

El primer animal que disecó “Tito”, como llamaban al médico en su casa, fue un conejo y así le fue perdiendo miedo a la sangre, tanto que cuando ya era estudiante de medicina se sentía cómodo manipulando el cadáver de una viejita a la que llamaban “Sumilda”.

Después vendría la especialización en cirugía de manos en Colombia y luego en Francia, donde conoció a Zinedine Zidane, el astro de futbol mundial que patrocinaba a una organización que becó al médico nicaragüense. “Lo saludé, él habla perfecto español”, recuerda ahora en su oficina, llena de pacientes esperándolo.

El peor caso de su vida llegó de modo inesperado como suele pasar en su profesión. Jimmy tenía 16 años cuando llegó al hospital, y tenía también los dos brazos partidos. Había arribado una mañana a las seis y media al Hospital Lenín Fonseca. La cirugía duró 16 horas, ocho en cada brazo, un trabajo de filigrana.

“La operación se llama revascularización. Creo que Jimmy ahora trabaja en un automotel. Se vale por sí mismo”, relata Ruiz triunfante, pero claro que este médico siempre teme que un día la mano se empiece a morir en el proceso de recuperación y la operación sea un fiasco.

O como dice el alumno de Ruiz, el doctor Harold Gaitán, de 41 años, originario de la zona rural de Masaya, el miedo es que las cosas no le salgan bien al paciente.

Muchas veces, recuerda Gaitán, se han encontrado con casos de personas supuestamente en recuperación y cuando los revisan se dan cuentan que los médicos anteriores, por desconocimiento de anatomía, han unido un tendón con una vena.

Para mejorar la técnica de reconstrucción de manos, Ruiz ha empujado que cuatro de sus alumnos se especialicen en el extranjero. Se trata de una pequeña escuela que quieren desarrollar, instalarla como las hay en Europa.

En Centroamérica, los especialistas en estos casos son pocos. En Nicaragua también, pero a diferencia del resto, son más experimentados por la cantidad de heridos con cuchillos y machetes que hay todos los días en el país y que alimentan los noticieros rojos, en un cóctel de sangre y chismes.

Según Ruiz, él tiene registrado por lo menos 28 casos bien documentados desde 2001. Y el dato dice mucho. Detrás de cada uno hay vagos agredidos o víctimas de asaltantes que usan el machete para lograr sus fines.

Ruiz también operó a su mamá, Josefa Calero, que no podía levantar un lápiz para poder firmar desde hacía 15 días. No tenía fuerza. La enfermedad se llama túnel del carpo. El hijo la vio en Managua, le hicieron unos exámenes y luego la operó hace mes y medio.

Como ella, Ruiz también ha operado a ex presidentes como Arnoldo Alemán (dos veces, en 2003 y 2005) por una enfermedad llamada “dedo en gatillo”, que deja el dedo sin posibilidad de estirarlo en la misma posición de un tirador.

Al presidente Enrique Bolaños lo operó por lo mismo. Eso ocurrió antes de la última guerra entre Alemán y aquél, cuando los medios criticaron la larga hospitalización de Alemán y lo calificaron como un favor político. Bolaños echó entonces más leña al fuego porque también le hicieron una cirugía en el dedo y salió al día siguiente a trabajar, mientras el ex presidente duró meses haciendo sus negociaciones políticas.

Ruiz no hizo esta intervención pero sí otras que ambos se practicaron antes en otros dedos. A Bolaños, incluso, dice que lo han operado al menos cinco ocasiones de sus dedos.

“La hija de Alemán, fisioterapeuta, me buscó. El doctor Alemán era presidente todavía. Lo vi. Hubo silencio. Se operó en el Hospital Bautista. Después estaba de presidente de la Asamblea en el tiempo cuando se dio la destitución, se operó el otro dedo. Le inyecté un antiinflamatorio y mucho antes me tocó don Enrique, en ese momento las relaciones entre los dos no eran malas”, narra el médico.

Además de su trabajo, a Ruiz le gusta la música romántica, escuchar canciones legendarias como Tres Regalos o cualquier música nicaragüense. Le gusta también el deporte. Esa fascinación inició cuando jugaba futbol en Estelí, y después cuando conoció al doctor Henry Bone, el médico del Comité Olímpico.

Bone hizo el resto: lo apadrinó y hoy Ruiz es el médico que acompaña a los atletas cuando viajan al extranjero. Aníbal Ocampo reconoce risueño que Ruiz, padre de dos hijos, es buena persona. Le lleva serenatas en su cumpleaños, igual hace con la esposa de su benefactor. Y lo hace para agradecerle que su brazo mejora cada día, gracias a este arquitecto de manos muertas.
 
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